La Almería almorávide
El capítulo 5º del vol. 2 de la Historia de Almería del IEA (p. 102 y ss.) está dedicado a los almorávides: “Los almorávides (1091-1147)”. En realidad, la dominación almorávide en la mayor parte de al-Andalus, incluida Almería, acabó en el año 1145, en lugar del 1147.
Bilal Sarr Marocco se ocupa (páginas 104-5) de la historia de este periodo
y lo hace de una forma mediocre, sin destacar el papel de los almirantes Banū
Maymūn (no se le da ningún protagonismo en toda la obra, pese a ser personajes
importantes en la historia de Almería y cruciales en la época almorávide).
Comienza Sarr diciendo: “Con los almorávides, el periodo taifa finaliza de
forma drástica (excepto la taifa de Zaragoza, que se mantuvo hasta 1110)”. No es cierto que acabaran de forma tajante, sino que fueron cayendo paulatinamente entre los años 1090 y 1116. A la entrega de
Granada y Málaga en 1090, siguió la toma de Sevilla por las armas en 1091 y la
entrega de Almería y Murcia en ese mismo año. La taifa de Badajoz no cayó hasta
1094; Valencia, hasta 1102; y las Baleares, hasta 1116; aparte del caso de Zaragoza
ya mencionado, en 1110. Por otro lado, esto contrasta con la división que hace Sarr en
dos etapas del periodo almorávide: de 1090 a 1108 y de 1108 a 1147. La primera
corresponde con la expansión almorávide, que según Sarr se prolongó hasta la
victoria de Uclés en Cuenca en 1108, y deja al margen la conquista no solo de
Zaragoza en 1110 y Mallorca en 1116, además de Guadalajara y alrededores en
1109, que tomaron de manos de las tropas cristianas.
En los preliminares de los almorávides en al-Andalus, Sarr se refiere a
“la batalla de Aledo”, cuando, en realidad, no fue una batalla, sino un cerco o
un sitio, que supuso un fracaso para las tropas almorávides y las de las taifas
andalusíes en 1089.
Acierta Sarr al calificar la época almorávide como el cénit de la
Almería andalusí, si bien lo atribuye, además de su situación estratégica como
puerto entre el interior y las rutas marítimas, a que Almería, en la época
almorávide, “se convierte en el puerto por excelencia de al-Andalus y de su
principal capital, Granada”. Lo cierto es que Almería había sido el principal puerto de al-Andalus ya durante el califato y
también en las taifas, aunque en esta última etapa tuvo duros competidores,
como Denia. No se entiende que Sarr quiera convertir Granada “en la principal
capital”, situándola por delante de Sevilla. A esta sí podemos considerarla la capital
almorávide en al-Andalus, sin olvidar la importancia de Córdoba.
Sarr minusvalora la dura derrota almorávide en Cutanda en 1120, pues no solo supuso la pérdida
de Daroca y Calatayud, como dice, sino de todo el valle del Ebro. Este
acontecimiento sí marca un giro en el devenir del poder almorávide.
Con respecto a la importante campaña
militar de Alfonso I el Batallador unos años después, la hace coincidir Sarr
con el reforzamiento de las más importantes ciudades andalusíes, incluida
Almería, cuando en realidad fue la causante, y el impuesto del taʿtīb,
que no tartīl, como propone como alternativa Sarr (en todo caso taʿnīb,
denominación relacionada con la uva), fue la consecuencia. Me sorprende que
diga Sarr que este gravamen “se aplicaba a la exportación de la seda y
cereales, de los que Almería era tradicional deficitaria”, cuando el territorio
almeriense contaba con producción de bastante seda y la falta de cereales no
afectaba solo a Almería, sino que era cuestión de la mayor parte de al-Andalus.
No alude Sarr, ni se ocupa, de la condición de Almería como puerto franco, de forma que era punto de encuentro de embarcaciones cristianas con musulmanas, lo cual deja bien claro al-Šaqundī. Esta es una cuestión clave de la que me ocupé en mi libro Almería, base naval, económica y cultural de al-Ándalus.
Sorprende que señale como fecha de defunción de al-Idrīsī la de 1175,
sin ponerla entre interrogaciones, cuando la más probable es la de ¿1164-5?,
que yo sí marco entre interrogaciones, pues no es del todo segura.
Sigue un texto de Lorenzo Cara que titula “La Almería almorávide” (p. 106), en el que se centra en el urbanismo, con gran desacierto. Como suele hacer L. Cara, habla de “los barrios” de la Hondonada y del Oratorio, cuando en realidad eran arrabales (del árabe al-rabaḍ, que no tiene el significado de barrio, para el que en árabe se utilizan los términos ḥāra, ḥawma o ḥayy). En este apartado, que parece responder a la voluntad de Lorenzo Cara de ocuparse de todo lo posible, si es que no se trata de aumentar su participación para cobrar más, refiere las seis puertas del arrabal de al-Muṣallà, el Oratorio, con tan poca pericia y competencia que habla de las siguientes:
1) Bāb Mūsà (en el barranco de la Hoya). Podría haber añadido que le dio nombre al barranco en época andalusí.
2) Bāb Lāham. Omite el elemento Ŷabal (Bāb Ŷabal Lāham, la puerta del Cerro Lāham, ahora cerro de San Cristóbal.
3) Bāb Baŷŷāna, que traduce como “puerta Purchena”, en lugar de Pechina.
4) “Puerta de la Vega (quizá Bāb al-Faḥṣ, sic)”, dice, cuando es bien sabido, tras un artículo que publiqué hace muchos años, que se trata de Bāb al-Murabbà, con el significado de puerta de la Vega.
5) Bāb al-Zayyātīn (“puerta del barrio de los Aceiteros” (sic), cuya denominación no alude a ningún barrio y que no estaba en esa muralla, sino en la de la Almedina. La confunde con Bāb al-Sūdān (puerta de los Negros), después llamada Bāb al-Asad (puerta del León).
6) “Bāb al-Baḥr o puerta del Mar” que, en árabe, no está documentada la denominación que da L. Cara, sino la de Bāb al-Dīwān (puerta de la Aduana), como descubrí y documenté para los siglos XI, en el que se construyó, y XIV.
Así pues, de las 6 puertas, se equivoca en 5. No me explico cómo los coordinadores, en especial Alfonso Ruiz García, que ha sido el que más cobró por esta coordinación, permitió esta asignación a quien con esto parece querer demostrar que es un pseudo-especialista, manifestando una falta de coordinación, pues a mí me encargó “Recintos amurallados y puertas de acceso” (pp. 82-3), donde dejo bien claro este tema de las puertas de la cerca (también la confusión entre arrabal y barrio) y añadí un claro y elocuente plano de la ciudad. Los coordinadores, aparte de permitir múltiples reiteraciones de temas, como iremos viendo, han coordinado más bien poco y permiten contenidos contradictorios sin que se trate, ni se diga expresamente, que son teorías diferentes; son datos erróneos en unos casos y certeros en otros. Los podía haber copiado L. Cara también de mi libro y otros trabajos míos anteriores.
Sorprendentemente, o quizás no tanto, Lorenzo Cara no se refiere a la
inscripción del cadí ʿAbd al-Ḥaqq Ibn ʿAṭīya por la que se recreció el alminar
de la Mezquita Aljama unos 5,5 metros en 1136-7, en plena época almorávide, sino
solo a la del cadí Ibn al-Farrā’ en 1120 relativa a las rentas de unas tiendas
asignadas a esa mezquita.
Dibujo realizado por J. Lirola de la inscripción relativa al aumento de la altura del alminar
de la Aljama almeriense en 1136-7, no citada por L. Cara en la Almería almorávide
Lorenzo Cara también se encarga de “Personajes destacados de la época”
(p. 107), con tal cúmulo de errores que le dedicaremos un artículo aparte. Y
también tiene otro apartado sobre “La Alcazaba almorávide” (p. 108), sobre lo
que se supone que Lorenzo Cara, según el IEA, es el único especialista, a lo
que le dedicaré otro apartado especial. Adelanto ya que entiende que el aljibe
del primer recinto es “una pequeña fuente de abluciones, de apenas 15 m2”,
y que es la que conmemora su construcción la inscripción del cadí Ibn ʿAṭīya,
por manda testamentaria de al-Būnī en
el año 1141. Identifica a este ulema de Bona, sin mecionar que fui yo quien realizó tal identificación al encontrar su biografía en un diccionario biobibliográfico, lo que permitió fechar la inscripción de forma precisa. Pero lo importante es que creo que se extralimita Lorenzo
Cara al identificar el aljibe con aquella fuente de abluciones.
Ya podemos empezar a intuir por dónde apuntan las conclusiones de todos
los errores acreditados por el IEA que he analizado y que iré exponiendo:
Lorenzo Cara no sabe ni copiarse de lo que ya sabemos de forma fehaciente y se
extralimita y yerra en muchas de sus conclusiones. Los coordinadores oficiales (Alfonso
Ruiz García, Julián Pablo Díez López, Pedro Martínez Gómez y Bienvenido Marzo
López) ni han coordinado ni han revisado los textos por los que han cobrado cuantiosas
cantidades de dinero; y el Director del IEA, Mario Pulido Egea, no atendió a mis
advertencias de que lo que pensaba que eran meras erratas, verdaderamente son errores y de considerable
calado, y no quiso poner los medios para subsanarlos, manteniendo los errores en la segunda edición. Y todo esto lo afirmo no solo
por lo ya dicho, sino por lo mucho que queda todavía por decir.

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